¿Cuántos años tendremos que esperar para guardar nuestras emociones turbulentas, volvernos silenciosos y serenos, despedirnos de la belleza provocativa, abandonar la delicadeza frágil, dejar atrás la sensibilidad inútil? ¿Para dejar de estar en alerta máxima ante cualquier movimiento, y en su lugar volvernos robustos, aunque seamos malinterpretados como tercos?

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